Las marcas que habitan en –y entre– nosotros.

Nos acompañan a diario, también nos molestan. Pocas veces reparamos en la codependencia que tenemos con ellas, y a muchas les damos permiso de ser parte de nuestra vida sin merecerlo.

El puente de San Francisco construido con bloques de Lego decorados con marcas famosas.

En esta entrada colisionarás con:

  1. La marca como recipiente de valores. El producto se desecha, pero el significado permanece.

  2. La certeza en medio del caos. Los símbolos nos hacen sentir en control en tiempos de crisis.

  3. El consumo como identidad. Dejas de comprar cosas para empezar a hablar a través de ellas.

  4. La fragilidad de la trayectoria. La historia no sirve de nada si no logras crear un vínculo emocional.

  5. La ingeniería de lo invisible. El mercado se rige por activos que no se pueden tocar.

Piénsalo. ¿Cuántas marcas traes puestas?

¿Con cuántas interactúas desde que despiertas?, ¿cuáles te alimentan?, ¿cuáles te ponen de malas?, ¿son productos y servicios, o también personas?

La cantante en tus audífonos, el político en la noticia de primera plana, la directora de la escuela de tus hijos…

Lo parecen, pero las marcas no son accesorios. Se les asocia al consumismo porque las vemos en todas partes.

Es la publicidad –o la propaganda, en política– la que accesoriza la marca al atarla en demasía al producto. La reducen a un envoltorio en lugar de utilizarla como lo que es: una alcancía a llenarse de significados y valores

Una marca existe cuando trasciende la transacción y se convierte en una identidad equilibrada entre lo que pretende ser y lo que su público dice que es.

¿QUIÉN ELIGE A QUÍEN?

Las marcas habitan entre nosotros; moldeadas en torno a nuestros deseos, miedos y aspiraciones. Pero también nosotros habitamos en ellas: les otorgamos el permiso para existir. Es una relación simbiótica, las empresas dependen de nuestra elección, pero ¿hasta qué punto la pueden provocar?

¿Qué tan vitales son las marcas en la era moderna?


La marca dejó de ser accesorio para convertirse en el activo más valioso de una organización. Es el átomo que compone la materia de los mercados globales; su gestión no puede abordarse como un ejercicio estético y superficial.


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